Columna/Conecta/
Por: Arcelia García Ortega
El segundo informe de gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum no fue únicamente un ejercicio de rendición de cuentas. Fue, sobre todo, una reafirmación política e ideológica de la llamada Cuarta Transformación, un mensaje dirigido tanto a sus simpatizantes como a sus adversarios, y una declaración contundente de que el proyecto iniciado en 2018 pretende mantenerse firme frente a cualquier desafío.
Desde el corazón del Zócalo y replicado simultáneamente en las plazas públicas de las 32 entidades del país, el mensaje presidencial estuvo marcado por una frase que resume la esencia de su discurso: “Nada ni nadie va a detener la Transformación”.
Sheinbaum presentó un gobierno que, según afirmó, ha privilegiado la austeridad, la honestidad y el combate a la corrupción. Destacó la reducción del gasto corriente, el incremento en la recaudación sin nuevos impuestos y la eliminación de privilegios que durante décadas caracterizaron a las élites políticas. Bajo esa lógica, insistió en que los recursos públicos han dejado de servir a unos cuantos para regresar al pueblo en forma de programas sociales, infraestructura, escuelas, hospitales y bienestar.
Sin embargo, más allá de los números, la presidenta construyó un relato político que busca consolidar la identidad de su movimiento. Lo hizo contrastando el presente con los gobiernos del pasado. Los señalamientos contra Vicente Fox, Felipe Calderón y Ernesto Zedillo ocuparon una parte importante de su discurso. Recordó episodios como Atenco, Oaxaca, el desafuero de Andrés Manuel López Obrador, el fraude electoral de 2006 y la estrategia de seguridad de Calderón, a la que calificó nuevamente como un “narcogobierno”.
La mandataria no escatimó adjetivos para referirse a sus opositores. Los llamó conservadores, hipócritas y entreguistas. Los acusó de haber permitido que intereses extranjeros influyeran en decisiones fundamentales para México y de recurrir hoy a actores internacionales para intentar recuperar los privilegios perdidos.
Uno de los temas que más fuerza tomó en su mensaje fue la defensa de la soberanía nacional. En varias ocasiones insistió en que México no acepta injerencias extranjeras y que la cooperación internacional no puede confundirse con intervención. El mensaje parece responder tanto a críticas externas como a recientes debates sobre seguridad, migración y relaciones bilaterales con Estados Unidos.
“Somos un país libre, independiente y soberano”, repitió una y otra vez. Y fue precisamente sobre ese eje donde construyó una de las partes más emotivas de su discurso, al cuestionar a quienes, según dijo, buscan que actores extranjeros influyan en asuntos que corresponden exclusivamente a los mexicanos.
También hubo espacio para destacar avances laborales y sociales. La reducción de las comisiones de las Afores, la creación del Fondo de Pensiones para el Bienestar y la incorporación de trabajadores de plataformas digitales al Seguro Social fueron presentados como ejemplos de un modelo económico que, según la presidenta, pone en el centro a los trabajadores y no a los intereses corporativos.

Pero el mensaje final fue eminentemente político. Sheinbaum dejó claro que ve amenazas tanto fuera como dentro de su propio movimiento. Advirtió que ni los corruptos del pasado, ni quienes pretendan utilizar la Transformación para fines personales, ni agentes extranjeros podrán doblegar la voluntad popular.
La pregunta con la que cerró su discurso fue también una invitación a la movilización política: “¿Quién decide en México: las agencias extranjeras o el pueblo?”.
A partir de la próxima semana, la presidenta convocó a realizar asambleas en plazas públicas de todo el país para difundir ese mensaje. La intención es clara: fortalecer la narrativa de que la soberanía, la democracia y la Transformación son causas inseparables.
A dos años de iniciado su gobierno, Claudia Sheinbaum no solo está gobernando; también está librando una batalla por el relato histórico y político del país. Y, a juzgar por su discurso de este domingo, está convencida de que esa batalla aún está lejos de terminar.
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